Han pasado varios años desde que empecé a conocerme y me siento capaz de analizar a grandes rasgos mi psicopatología, aunque podemos llamarlo personalidad. Cuando estoy una temporada sin placer y sin dolor, en la insípida rutina de los días buenos entendidos como normales suelo llenarme de miseria. No soporto esa semisatisfacción. Prefiero el dolor endemoniado a esa confortable temperatura de estufa. Entonces me ataca la rabia de que la mayor parte del tiempo en la vida sea superficial, esterilizado y sujeto a normas absurdas y comportamientos clasificables, me atacan las ganas de hacer polvo alguna cosa, de correr riesgos, de hacer idioteces, de arrancar una peluca, golpear a alguien con una barra de pan, forzar una discusión, seducir, retorcer algún pescuezo de alguna persona normal al azar. No sería difícil acertar aunque fuera al azar. Eso es lo que más odio. Me refiero a las personas normales, llenas de autosatisfacción y comodidad, de disciplina mediocre, normal y corriente. Me doy cada vez más cuenta de que lo que para mí es éxtasis, lo que me hace disfrutar, no lo busca ni valora la gente, no le dan explicación si no es dentro de la locura. Y si ellos tienen razón porque son más, si la música en locales repletos de gente, las diversiones en masa y esas caras contentas y satisfechas con tan poco tienen razón, puede que yo sí viva en la locura porque me resultan incomprensibles. Yo lo he intentado. De vez en cuando me doy la oportunidad de hacer algo de su rutina, por si es verdad que tienen razón, pero el resultado siempre es el mismo: sensación de agobio, incomprensión, ganas de irme. Quiero encontrar un sitio donde estén los “parecidos”, creo que allí tocarían mi música. Ese sitio tendrá un arco de medio punto y un cartel luminoso que dirá con letras casi ilegibles ‘Teatro mágico. Entrada no para cualquiera. No para cualquiera. No para cualquiera’ (esto último pasará por el cartel durante un rato hasta que vuelve a decir ‘teatro mágico’… y si te quedas mucho tiempo mirando, al final dice ‘sólo para locos’). Allí estaría mi terapia. Pero también puede que no haya nada de locura y sólo sea una receptora de llamadas de lejanos mundos superiores. Estoy compuesta por muchos trozos pero los que más fuerza tienen son dos. Uno es el de persona y al otro lo voy a llamar outsider porque no encuentro una palabra que lo defina bien. Entre ellos son enemigos, no colaboran. Como ser mixto, cuando la persona tiene una sensación noble y delicada o hace una de las llamadas buenas acciones, el outsider enseña los dientes y se ríe de lo ridícula que le parece esa farsa. Pero lo mismo al revés. Cuando actúa el outsider, cuando gruño a los demás y les veo a todos de costumbres estúpidas y desnaturalizadas, sale la persona a decirme que no debo inadaptarme tantísimo. Esto me hace tener la capacidad de hacer a los demás increíblemente felices o totalmente desgraciados. Esto último pasa especialmente cuando hay amor por medio, porque entonces sólo sale uno de los dos lados. Primero sale siempre el de persona a plantar margaritas y cuando han crecido sale el outsider a arrancarlas y comérselas. Algunos me quieren, dicen, como persona inteligente y original, pero terminan muy defraudados cuando viene outsider. Y como quiero ser valorada en mi totalidad, es entonces cuando quiero matar a outsider. A la vez hay otros que lo que aman es mi outsider, la parte espontánea, salvaje, peligrosa e impredecible, pero estos se sienten decepcionados cuando ven que también hay rasgos de persona en mi carácter, que hay dulzura, cosas que me afectan y necesidades fuera de mi independencia. Para mí lo habitual y lo ordinario deben existir, pero sólo para diferenciar cuando viene lo extraordinario, lo peculiar, la gracia. Ninguna idea se me hace más odiosa que la de tener que ejercer un cargo, someterme a una distribución ordenada del tiempo, una oficina, un entorno invariable, obedecer a otros que tienen ese poder porque han sabido subordinarse. No creo que pueda ser capaz de subordinarme, por lo que será casi imposible que yo agarre algún día el mango de esa sartén, prefiero inconscientemente echar aceite. Que hierva. Y me salpique. Y me queme. Y curarme. Busco sin darme cuenta rebelión, desacuerdo. Y esto perturba la paz de los corrientes, los mayoritarios, así que no convengo, debe darles miedo imaginar lo que puede haber detrás. De todas formas, aunque pase mucho tiempo sola, no quiere decir que sea detestada por los demás. Es más, agrado a mucha gente que no quiero agradar. Y tengo bastantes amigos que me quieren bien, cuentan conmigo y a veces me hacen hasta regalos. Pero casi siempre es únicamente simpatía lo que recibo, nadie se acerca espiritualmente en conexión cerebral, por ninguna parte surge compenetración, por eso nadie es capaz o no lo soy yo, de compartir mi vida.